Review of Spanish Art Now
published in the Paris edition of
the Herald Tribune


Cover of the book Spanish Art Now

Who Paints What in Spain

Reviewed by Quinn Donoghue
William Dyckes' book is a review of the men and moods molding art in Spain today. The only criticisms are lack of color reproductions and static layout, no doubt due to reasons of economy. The rest is praise for this enormously complete directory of who is painting and sculpting what in Spain today.
      Mr. Dyckes has been deft in his choice of artists for inclusion: almost all the major names are there (Viola, Tàpies, Saura, Canogar, Sempere and Chillida), and a number of young talents receive a first public mention. These include the Equipo Crónica, Celestino Cuevas, José Luis Alexanco, Feliciano Hernández, José María Yturralde and Jorge Teixidor. His choice of representative art has been equally accurate.
      Most of the 76 works presented are recent ones; the history of contemporary trends and sources is set out concisely in the text. The disappearance of the tragic muse of Spanish art is briefly noted, and the book demonstrates that there is little lament and much lyricism south of the Pyrenees.
      The relatively new tendency toward geometric styles is documented in the pages devoted to Eusebio Sempere, Pablo Palazuelo, and Joan Claret.
     The two extremes of Spanish art meet by alphabetical chance in the juxtaposition of Manuel Millares and Hernández Mompó, the first a methodical artist achieving a solemn, bitter mood, the latter a visual sprite of bright colors and snappy sketches. Together they represent what is happening in Spain; and what is happening in Spain is represented in this book.



Article about books-on-tape written in Spanish
and published in El País, Madrid, 1992


      El Pais

¿Has  escuchado  el
último 'best-seller'?

El mercado americano recupera la vieja tradición
del cuentista publicando libros en casetes

Una de las grandes verdades de la vida de los residentes de los suburbios norteamericanos es que van a pasar gran parte de sus vidas en coches parados durante largo tiempo en plena carretera. Día tras día, los conductores estancados verán cómo una caravana inacabable se escurre lentamente hacia la ciudad.
      Como regla general, los conductores se comportan muy bien. Muestran una paciencia que parece poco americana. ¿Su secreto?: las casetes. Con esta máquina convierten sus coches en salas de concierto. Escucha. El conductor del Ford se está tranquilizando con una sinfonía de Mozart, mientras que el del Dodge se pierde en los ritmos country de Willie Nelson. Pero no todo es música. La señora del Datsun escucha el último best seller de Danielle Steele, y en el Mercedes, un hombre en traje de banquero está aprendiendo ruso.
      Desde hace media docena de años, un número creciente de norteamericanos escucha libros parlantes. Lo hacen mientras conducen, corren o limpian la casa. Pueden elegir entre miles de títulos. Hay de todo tipo y duración, desde cuentos de menos de una hora hasta el ciclo completo de El señor de los anillos de J. R. Tolkien en 38 casetes.
      Hoy día, los libros parlantes constituyen una industria con ventas de más de 150 millones de dólares al año. Todas las grandes editoriales norteamericanas ya tienen divisiones de audio, y casi todos los libros populares salen ya también grabados, muchas veces el mismo día que el libro. Las cintas están en venta en librerías, tiendas de audio y vídeo e incluso en supermercados.
Libros parlantes
Sin embargo, el libro parlante no es nada nuevo. Existe desde los años cuarenta, cuando el invento del elepé hizo posible discos de suficiente calidad y duración. Desde 1948 el grupo Reading for the Blind (libros para invidentes) ha grabado tomos para los estudiantes que no pueden leer. En su oficina central, en Princeton, Nueva Jersey, tiene más de 76.500 títulos que presta gratis a los que necesitan ayuda.
      El libro parlante llegó al público general poco después. En 1954, Caedmon Records, una compañía especializada en discos de antropología, introdujo una serie de grabaciones de conocidos poetas y novelistas. Consiguieron la participación de escritores tan importantes como T. S. Eliot y Dylan Thomas para leer sus propias poesías y cuentos. Caedmon también grababa obras importantes de teatro, muchas veces con el reparto original de Broadway.
      Los libros que no son de ficción se prestan mucho más a ser resumidos. Por lo general, los autores tienden a repetirse e hinchar el texto con anécdotas y comentarios que no adelantan la premisa del libro. Un buen redactor puede ir al grano y presentar el argumento de la manera más directa.
      El próximo paso importante en la historia del libro parlante fue la invención del casete. Las grabaciones portátiles abrieron nuevas posibilidades. Enseguida los museos empezaron a ofrecer un nuevo servicio: conferencias grabadas sobre las obras. Desde aquel momento, las salas han estado llenas de personas silenciosas y respetuosas, que pasan de obra en obra en un vía crucis estético.
      Fuera de los templos de la cultura, el libro parlante tuvo menos éxito. Escuchar una conferencia en cinta era una cosa, escuchar un libro otra. Al público educado no le gustó nada la idea de un libro fácil. Los libros son para leer; ergo escucharlos es inmoral.
      Y entonces, en 1979, llegó el minicasete. Ligero y elegante, era la máquina para la gente que no quería llevar consigo una radio de tamaño maleta. Ofreció también la oportunidad de excluir el mundo. El oyente no tenía que tener conciencia de lo que pasaba alrededor ni tenía que compartir su música con la muchedumbre. Inevitablemente, el minicasete llegó a ser parte de la parafernalia de los yuppies.
      Es probable que los yuppies fueran los primeros en escuchar libros parlantes. Siendo gente que trabaja y juega fuerte, le falta tiempo para leer. Pero si uno no lee, ¿cómo va a aprender los secretos de los amos de Wall Street o poder comentar sobre las novelas de último grito?


 




      Quizás la solución se le ocurriera a un yuppie que hacía footing. Al enchufar su estéreo personal una mañana, se dio cuenta de que podría aprovechar esa media hora para escuchar un libro en vez de Madonna. Y así nació otro mercado potente. No es por nada que entre las cintas que más se venden haya obras como Siete costumbres de gente supereficaz o Poder sin límites.
 
"Pasajes jugosos"
Desgraciadamente, muchos libros parlantes no valen la pena escucharse. incluso títulos que han sido grandes éxitos como libros impresos pueden resultar inútiles cuando salen en cinta: abrevian la mayoría para que quepan en dos casetes y no sobrepasen las tres horas.
      Para que una novela tenga esa duración hay que quitar hasta dos tercios del texto. Está claro que ninguna novela bien escrita puede sobrevivir un ataque a toda tijera. Los libros que menos sufren son los que tienen argumentos muy sencillos, como los que leemos sólamente por sus pasajes jugosos.
      Sufren más las novelas que tienen mucho argumento. Por ejemplo, la versión grabada de The Edge, del popular autor inglés Dick Francis, es casi incomprensible. En gran parte es porque ese misterio tiene un reparto de unos viente personajes. Peter Marinker, el actor que narra la historia, procura distinguir entre los carácteres con su voz, pero el pobre oyente no puede recordar quien es quien. En cambio, en el libro hay suficiente información como para poder reconocer una persona de otra. Pero en la versión abreviada —casi todo diálogo—, el oyente se confunde enseguida.
      La razón principal para la abreviación de las cintas es la economía. El libro parlante promedio requiere entre seis y 10 casetes, pero cuesta lo mismo producir dos casetes que un libro de tapas duras, Por ejemplo, el libro parlante de Moby Dick, de Herman Melville, se vende a 15 dólares (1.500 pesetas) en la versión de tres horas; la íntegra, que dura 27 horas, cuesta 10 veces tanto. En fin: el público no tiene dinero para comprar las versiones íntegras, y hasta que no empiece a comprarlas en grandes cantidades, las compañías no podrán reducir los precios.
        A pesar de los problemas las editoriales producen versiones íntegras (de muchos libros, y en algunos casos graban dos versiones: larga y corta. Un mercado importante para las versiones íntegras es el de las bibliotecas públicas. A pesar de sus presupuestos cada vez más limitados, todas las bibliotecas ofrecen selecciones tanto de cintas largas corno cortas.
        Otro mercado para las cintas íntegras es el de las compañías de alquiler. Los libros parlantes se pueden alquilar igual que las cintas de vídeo. La diferencia es que en vez de hacerlo a través de tiendas, se hace por correo. El cliente llama a una de las compañías, pide el libro parlante que quiere, y al cabo de pocos días lo tiene en el buzón. El alquiler suele ser de 30 días, tiempo suficiente para escuchar un libro como Baila con lobos, de Michael Blake (cinco casetes) en el tráfico de cada día o para disfrutar de varias obras durante las vacaciones.
        Parece que el libro parlante no es un capricho, sino que va a ser parte permanente de la vida. Al fin y al cabo, no es una cosa nueva, sino muy vieja. Antes del estéreo personal, antes de la radio e incluso antes del libro, existía el cuentista. Por las noches, después de trabajar y antes de acostarse, nuestros antepasados contaban y escuchaban historias. Es la manera más antigua que tenemos de entretenernos y de aprender. Y es una tradición que hemos descubierto otra vez, gracias a estos nuevos aparatos.

Text copyright © 1992 by William Dyckes


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